miércoles, 12 de mayo de 2010

Reflejo del Alma

En el reflejo del agua se iluminaba tu rostro, el agua recorría tu cuerpo sembrando cada poro de tu piel, inundándolo de esa agua fría que salía de la ducha. Las sensaciones recorrían tu imaginación, guiaban tus manos por todo tu cuerpo, explorado desde hace años, pero todavía con partes por descubrir.
Al poner los pies en el frío gres, tu rostro se ilumina, tus párpados abren las ventanas de esa mirada rasgada. Tus ojos abiertos se fijan en ese espejo que tantos días ha reflejado su cuerpo y alma desnuda. Ahora, delante de esos ojos, adviertes el bonito cuerpo que dios te ha dado, esas curvas insinuantes se pierden ante los libinidosos deseos de tu alma de ser explorada. Cierras los ojos, te encuentras delante de mi torso, tus manos, inmóviles dejan que el agua fría de tu cabello recorra sus yemas. Mis manos mientras se dejan llevar por la silueta de tu contorno y exploran cada textura de tu piel.
Modelando tus caderas como si de alfarero se tratara, con delicadeza, haciendo que cada caricia se transforme en un surco infinito de tu alma, ese suspiro, ese jadeo de tu boca. Noto el latir del corazón conforme mis manos ganan altura y se aproximan hacia tus senos. Abres los ojos y ves esas manos, grandes, con dedos largos y delgados deslizarse, no tocan música, sino otra obra de arte. No me miras, sólo el reflejo de nuestra alma es testigo de esas caricias. Esa respiración acelerada delata todo el calor que estás intentando expulsar al exterior.
Mis labios bajan hacia el talud que forma tu cuello, lo beso con delicadeza, no quiero que se desmorone ante mis ojos. Miro el reflejo, nuestras miradas se cruzan, nace una sonrisa y tu mano acaricia mi rostro. Ese dedo curioso repasa la comisura de mis labios pero logro atraparlo con mi boca, lo baño en el aliento de mi lujuria, aún contenida. Al salir se desliza por mi torso dejando esa humedad y evaporándose al permanecer tiempo sobre mi corazón.
Esos dedos largos cuelgan de tus aureolas, como pinzas se enganchan en esos ojos altones que sobresalen, crecen, ganan altura y color.
Tus gemidos tapan cualquier sonido del exterior, tu pelo, oculta mi rostro y en el reflejo sólo ves extremidades perdidas, que estimulan tu torso. Ver esas manos sobre tu cuerpo hace que te estremezcas de placer, sólo viendo ese reflejo. Las manos acarician de forma sensual tus pechos, pero quieren recorrer tu cuerpo entero. Suben, bajan, se deslizan por cada extremidad de tu cuerpo… Piernas, brazos… toda su longitud acariciada por mis suaves manos.
Apoyas el cuello contra mi hombro, mis labios deseosos atrapan los tuyos y saborean ahora esa humedad contenida. Que delicioso manjar, me da vida, emoción, suspiros de amor. No puedo remediar bajar mis manos al besarte, acariciar los laterales de tus muslos, los interiores, acercarme peligrosamente a tu sexo sin dejar de besarte. No puedo frenar el instinto de mis manos, que inexorablemente se acercan hacia el lecho de esa diosa dormida aún. El reflejo emula cada gesto de nuestros cuerpos, mi mano como hoja, censura de forma juiciosa tu sexo mientras mis labios sellan toda la pasión que siento dentro.
Tus extremidades inferiores ceden mientras bocanadas de aire respiran sobre tu cuello y la textura de mis labios palpan el grosor de tu boca. Mis dedos se dejan guiar por el aroma de lujuria, son guardianes de tu lecho, abren ligeramente los pliegues de tu piel, recogen toda esa humedad contagiosa que pasa de dedo en dedo recorriendo toda la longitud de su falange. Ese tallo de carne se introduce en su lecho, al final del mismo las yemas surcan cada labio mientras el reflejo, esa imagen gemela copia cada detalle de mis movimientos. Sin ver tu rostro fijas tu mirada en esa zona tan especial, que está siendo explorada, relames tus labios, ocupados aún por la ternura de los míos. Tus manos bajan inconscientemente hacia tus pechos, los acarician, tratan con dulzura esas obras de arte que esculpidas como salientes sobresalen de una escultura de mármol imperecedera, tu torso.
Tus manos adquieren dinamismo, ni en tus más íntimos sueños hubieras pensando en manejar como títere las manos que tocaban música para ti. Agarraste mis muñecas con esa delicadeza que atesoras y diste tu personalidad a mi mano. Como si fuera parte de tu cuerpo fuiste tocando tu lecho, ya húmedo de la copiosa lluvia de tu interior que regaba los valles de tu entrepierna formando ríos de placer. La imagen del espejo reflejaba toda la secuencia a la perfección, captando cada movimiento como si se tratara del mejor fotograma. Eras testigo del encuentro, cinéfila de tu imagen desnuda, erudita de los placeres ocultos de tu cuerpo, alquimista de los sentidos. Tu cuerpo se estremecía mientras guiabas mis extremidades por cada zona que deseabas. Pero ese lecho, era el lugar escogido para que la mujer dormida saliera. Introdujiste mi dedo, señalaste el camino y lo guiaste hasta la oscuridad. Salía y entraba buscando la luz, la respiración, ese oxígeno evaporado por el calor de tu volcán. Sonaba música en el ambiente, era tu forma de expresar tu alma desnuda. Sonora, inconfundible hacía levantar mi sexo de forma alarmante contra tu espalda. No veías mi rostro, oculto por la espesura de tu cabello, ni mi torso, escondido detrás de tu figura. Sólo notabas esa reacción que tu música producía en mi cuerpo, ese crecimiento que rozaba tu piel por momentos. Tu mente nublada de lujuria se reflejaba en aquel espejo, notabas esa necesidad imperiosa de tenerme dentro. Pero deseabas tocar música con mis manos, sentirte compositora de ese momento. El rozamiento de mis manos fue en aumento, las guiabas por las estancias de tu lecho, querías visitarlas todas, y que el calor de las mismas te llenara por completo. Moviste con esmero y un segundo visitante se introdujo, está vez si para quedarse, sin moverse de dentro, sólo con tu cintura acompañabas ese movimientos. Lo veías gemelo ante tu espejo, te producía un placer indescriptible ver tu rostro de placer, eso acentuaba cada vez más ese grito, esa llamada a lo salvaje, ese instinto escondido que salía cada vez que sentías mi presencia.
Tu cuerpo se inclinó hacia delante, y por fin, el reflejo de mi rostro se dibujó ante ti, con esa mirada deseosa, con mi dureza rozando tus caderas. Notabas también ese calor mío, interno, esa semilla oculta que florecía cuando te miraba, cuando me hablabas. Cualquier reacción tuya era suficiente para alterar mi personalidad, mis acciones, mi vida. En ese momento era títere en tus manos pero me sentía libre al poder disfrutar con la mirada todo lo que tu rostro reflejaba. Como hilo conductor mi sexo notaba cada movimiento de tu cuerpo, me producía ese hormigueo que aparece en los momentos más especiales.
Mis dedos resbalaban dentro de su sexo de la humedad que se había concentrado, suspiros de placer aparecían en el espejo. La boca abierta entonaba ese dulce sonido del placer con ese gemido de estribillo, una y otra vez se repetía mientras mis dedos quemaban en tu interior. Las paredes se abrían ante su cercanía y longitud, mis dedos abrían esas paredes y tocaban esas teclas sensibles. Mi sexo no dejaba de golpear su zona trasera, notaba su dureza, pero no la veía, escondiéndose de las miradas del espejo, espía, sigiloso visitante que se mantenía a la espera hasta que una señal uniera ambos cuerpos. Esperaba dicha señal, tan sólo fue un instante, un guiño del espejo fue suficiente para unir ambos cuerpos poco a poco. Un movimiento lento que pausó la imagen del espejo, viendo ambos rostros de placer. Esa unión de cuerpos, ese rozamiento de torsos, esa mezcla se sonidos. Se hacía intenso el momento, quería inmortalizarlo con cada caricia, cada penetración. Agarraba sus pechos ahora con mis manos mientras su cuello apoyaba en mi torso. Quizás cansando, o quizás con ganas de sentirme más de cerca, escuchar el latido de mi corazón en cada momento. Esas penetraciones eternas que engañaban al tiempo, lo censuraban, corría lento entre los jadeos de ambos. Notabas como salía y entraba, pero el tiempo se paraba cuando uníamos cada parte de nuestra alma. Notabas mi torso contra tu espalda, esa tan bella que servía de apoyo en ocasiones a tu cabello. Ese sexo húmedo que en cada salida dejaba cataratas de placer en su nacimiento, recorriendo tu entrepierna hasta los tobillos. Mojándote de esa esencia tuya, esa fuente de juventud que salía de esa mujer dormida. Deseaba cada momento juntos, ese en especial, reflejando cada sentimiento mutuo delante de nosotros mismos. Que mejor testigos para inmortalizar ese momento mágico del orgasmo, donde la diosa que llevabas dentro se levantó de su ataud de piedra y gritó al cielo, rompiendo todas las barreras que le habían sido impuestas, el olvido. Al final dicho espejo reflejó tu rostro rejuvenecido, una sonrisa que con la boca abierta aún entonaba las últimas notas de placer. El alma gemela se reflejó al sacar mi sexo de tu interior, y aunque separados carnalmente nos vimos en el espejo como un solo cuerpo. En efecto el espejo captó esa última imagen, que se quedaría en cada retina de nuestros ojos para siempre…..

4 comentarios:

  1. D. Orestes, le invito a participar con un relato en mis II Encuentros.

    Ánimo y adelante con su blog. Saludos, amigo.

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  2. Bellisimo y erotico, nunca me cansare de leerlo, una descripcion de detalles sin igual, besos

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  3. Gracias por la invitación D.García Francés participé muy gustoso.

    un saludo

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  4. Gracias Eloradana..un placer que te halla gustado..nunca te canses de leerlo...

    besos!!!

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